O de cómo la imaginación crea sus propios personajes.
No sabiamos su nombre, ni su edad, no conocíamos ningún aspecto de su vida, no lo conocíamos a él pero, para nosotros, el hombre de los botines se llamaba José, era el patriarca de una gran familia gitana y desayunaban churros los domingos. Una de sus nietas acababa de empezar a estudiar enfermería, el primer universitario de la familia y además, Mujer.
Y hace unos dias una amiga me llamó para decirme que habia muerto el hombre de los botines.
Nuestra historia con el hombre de los botines (hasta que pasó mucho tiempo no fue José) comenzó hace dos o tres años.
Un amigo se traslada vivir a Jaén y cada día, cuando va al entrenamiento se cruza, cerca de su casa, con un hombre. De unos sesenta años, pelo negro, muy negro, corto de estatura y andares muy peculiares. Calza unos viejos botines de charol negro y con tacón y viste una gabardina gris.
Mi amigo, inmigrante en esta y otras tierras, acostumbrado como estaba a cargar con su equipaje de una ciudad a otra, con los años había desarrollado la costumbre de imaginarse la vida de las personas a las que aún no conocía. De hecho, yo misma, antes de que nos conociéramos, era para él una pintora artística, diseñadora de moda o cantante ( en lo primero tendría que decirle que hoy día no iba tan descaminado). Pero volvamos a la historia de José.
Un día que paseábamos por Jaén nos cruzamos con el hombre de los botines y mi amigo siguió con la mirada todo su recorrido. Al observar la situación, mi curiosidad me llevó a preguntarle que quién era y con toda natualidad me respondió: -mi vecino, el de los botines-.
Imaginen, me quedé como estaba. Resulta que llevaba dos semanas viviendo en Jaén y ese hombre era la primera persona a la que vio cuando salió de casa el primer dia. Le llamó mucho la atención que con el calor que hacía, el hombre fuera enfundado en su gabardina gris la que, por cierto, lucía de manera muy elegante. Pasaban los días y seguía cruzándose en la calle con él aunque no se acercó nunca a hablarle. Pero esa rutina no le inspiró otra cosa que una vida paralela que inventó. Me contó otra tarde que había decidido que ese hombre se llamaba José, era el patriarca de una gran familia gitana y que de joven había sido un gran bailaor (de ahí que se negara a desprenderse de los botines, lo de la gabardina no encontró aún explicación). Tenía más de veinte nietos de los que se sentía tremendamente orgulloso y de hecho, todos los domingos la familia se reunia en su casa para desayunar juntos churros con chocolate que él mismo acababa de salir a comprar. Mi amigo también dedidía qué era lo que le pasaba cada día: si lo veía especialmente sonriente era porque su nieta, la única universitaria de la familia, había aprobado su primer exámen en la facultad. Si, por el contrario lo veía con el ceño fruncido, deducía que ese día había discutido con su mujer porque ésta insistía en que tirara la vieja gabardina ya roida.

Ese día me lo presentó y, poco a poco, se convirtió en un elemento más de mi paisaje habitual. Cuando quedábamos, nos gustaba hacerlo cerca de su casa para ver si nos encontrábamos con José. Nos inventábamos lo que había comido, la nota que su nieta habia sacado en el último exámen, lo bien que le iba a uno de sus hijos en los negocios, la llamada que habia recibido de un peña flamenca para hacerle un homenaje por su trayectoria....
Mi amigo dejó Jaén y yo de encontrarme con José cada martes pero, fruto del azar, varios meses después, una de mis amigas recayó a vivir por la misma zona. ¡Sorpresa!, el primer dia que voy a verla, me cruzo con José. Ya también se lo presenté a ella, no podía hacer otra cosa: ambas seguimos deparándole sorpresas, ilusiones, aunque también alguna decepción, cada día que lo veiamos, ya fuesemos juntas o por separado.
Pero hace unos días mi amiga me llamó para decirme que el hombre de los botines había muerto. Resultó ser vecino de una compañera suya de clase, y hace unos dias, cuando fue a recogerla a casa vio una esquela en la puerta de su edificio.
-¿Quién ha muerto?-le preguntó.
-Un vecino, a lo mejor te suena de verlo por la calle, iba siempre con gabardina y botines de charol negro.
Se llamaba Manuel.